10/12/09

Infracción de las reglas


Hace mucho tiempo que dejé de creer en los dioses y en su encarnación contemporánea, los mitos. Vivimos en sociedades en las que ellas mismas y, sobre todo, sus medios de comunicación, encumbran o derriban, a diario, a personas y personajes sin casi pestañear, o lo que es lo mismo, a través de un simple comentario ante millones de espectadores u oyentes.

Es cierto que todas las sociedades no son iguales, unas tienen sus raíces en el cristianismo, otras en el catolicismo o en el budismo, en fin, y otras como la norteamericana, en el calvinismo, que en esencia se reduce a enfatizar la depravación de la naturaleza moral humana hasta la necesidad de la gracia soberana de Dios en la salvación. Es necesario entender la disquisición que hago, no tanto por razones religiosas, como por razones éticas o morales que moldean las respuestas de la enorme sociedad en que se constituye los Estados Unidos de América y, con ello, comenzar a entender todo lo que está sucediendo en torno al affaire Tiger Woods.

Phil Taylor, de Sports Illustrated, titulaba su editorial hace unos días bajo el lema Cómo destruir una imagen pública cuidadosamente construida, en donde, sin pretenderlo, venía a poner de manifiesto las bondades y maldades de esa raíz calvinista a la que hago alusión. Confirmaba la retirada temporal de los anuncios de Gillette en donde aparecía Woods, así como la bajada de ventas de productos de golf de la todopoderosa Nike y afirmaba que estos síntomas no eran sino el comienzo de multitud de daños colaterales, consecuencia del comportamiento de Tiger, entre los que citaba el hecho de que después de haber sido recibido por el presidente Obama, creía que un nuevo reencuentro, en el futuro, con él se hacía imposible; o que se fuera preparando para soportar el juicio público que se haría de su persona a través de Facebook.

Pero para terminar de entender toda esta cuestión, es necesario -también- acudir a otra de las características esenciales de la sociedad norteamericana, la del patriotismo, y es en ella en donde Tiger Woods no sólo habría sido identificado como el mayor jugador de la historia del golf, sino que, además, vendría a encarnar -como nadie- los valores patrios de ser un hombre de familia, con una esposa rubia y bella y con unos hijos encantadores. Vendría a ser un triunfador, el exponente del poderío de toda una nación, el más elegante, el más distinguido, el más caballero en el más puro estilo tradicional y conservador del golf norteamericano que, a pesar del color de su piel, habría sido aceptado como el mayor embajador del American Way of Life

Y si Tiger encarnaba y representaba a todos y cada uno de sus conciudadanos, si Tiger era el propio EEUU en esa cosmogonía de su sociedad ¿qué puede hacerse ahora que el ídolo se ha derrumbado se pregunta atónita esa sociedad? La respuesta es más simple de lo que parece, porque siempre es la misma. Lo que queda ahora es el circo. El circo a modo de catarsis y cura de una sociedad que es incapaz de digerir la simple y llana falibilidad de la condición humana. Son muchos los que identificados hasta la médula con Tiger, son incapaces de digerirse a sí mismos, son muchos los que se ven impedidos de mirarse ante el espejo y decirse que, hasta hace unos días, imitaban todos y cada uno de los aspectos de su vida, tanto deportiva como personal. El circo en el calvinismo viene a ser como la crucifixión cristiana en la que todos se convierten en Poncio Pilatos. Tertulias, medios de comunicación, periódicos, revistas, comentaristas, televisiones, radios, entidades públicas y privadas, todos se encuentran legitimados para sacudir con saña al otro, a quien hasta ayer era yo ¡pero ya no, que quede claro!

Nunca he entendido la fascinación de la sociedad norteamericana por el escándalo, a lo mejor radica en su manía de convertirlo todo en un espectáculo y en un negocio, pero a mi cualquier escándalo de esta naturaleza, en la que entran en juego las debilidades humanas, siempre me ha parecido una historia triste, no sólo para quienes son sus protagonistas, sino para todos los que se deciden a participar en ella de una u otra forma.

En el juego del golf, cuando se infringen las reglas, existen diversas penalizaciones, que van desde la más grave, la descalificación, hasta la más leve, que es la de un golpe de penalización. No creo que este asunto merezca otro castigo que el de que Tiger Woods se enfrente a su comportamiento con su familia. Todo lo demás responde a un business del que no deberíamos estar dispuestos a participar. En definitiva, en el juego de su vida, todo se reduce a que él y su familia apliquen la penalización que conlleva su infracción de las reglas.

2 comentarios:

  1. Y ahora anuncia su retirada indefinida...¡maldito calvinismo circense!

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  2. Está raro este nuevo formato... no me deja publicar comentarios... ver si éste...

    Hace dos días escribí:

    "Al 99% de acuerdo con Driver... pero, ¿de verdad nos diferenciamos tanto los de este lado del charco de los estadounidenses, calvinistas, cristianos, católicos, musulmanes o mediopensionistas...?"

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