Recuerdo estar en casa de mis abuelos en la calle Amador de los Ríos. Muchos años hace ya de eso. Como todas las tardes del domingo en que el Betis jugaba fuera, mi padre y yo, infante aún, escuchábamos al maestro Araujo en una radio Sony de las que se sintonizaban con una ruedecilla.
La señal era siempre muy baja, con lo que siempre me tocaba a mí realizar las más ridículas posturas con el transistor en la mano para convertirme en la perfecta antena humana. Normalmente había risas, preocupación, cabreo y hasta resignación.
Ese día no. Ese día nos metimos mi padre y yo en la habitación. Nos encerramos con un espartano vaso de agua cada uno. Ni mi padre quería un gramo de cerveza que le turbara una neurona ni yo una gota de Kas Naranja que me hiciera subir el gas a la cabeza. Quería tener la máxima atención puesta en los desconcertantes comentarios de Araujo. No era un partido normal. El Betis se jugaba el descenso en una promoción de las de antes con el Tenerife.
Mi abuelo ni siquiera pudo escuchar el partido. Se fue a dar un paseo por el barrio. Es otra forma de oírlo. Por los gritos de la gente sabes quién ha marcado.
Un gol, otro gol y otro. No del Betis, claro.
Ese fue el primer día en que realmente aprendí a ser bético. Creo que las lágrimas de mi padre sirvieron para bautizarme. No encuentro mejor manera de explicar lo que significa ser aficionado de este equipo. Tiene un punto de sadismo. Es disfrutar con el sufrimiento para saborear mejor las alegrías.
Ése día mi padre me dijo, mientras lloraba, que me pusiera la camiseta del Betis para salir a cenar.
----
Los párrafos anteriores los escribí en el Tuenti el pasado 13 de marzo después de ver en el estadio una derrota (más) Betis en casa.
----
El domingo pasado, 31 de mayo, el Betis bajó a Segunda por décima vez en su historia y segunda o tercera vez en mi vida consciente.
Diez minutos antes de que acabara el partido contra el Valladolid, decidí irme del estadio. En parte por nervios, en parte por presentimiento y en parte porque ya no podía aguantar más los puros de mi vecino de asiento, que ése día estaba especialmente fogoso (en su sentido más humeante).
Soy de los béticos, y no me importa reconocerlo, que ha aprendido a no sufrir. Con el paso de los años y los disgustos futbolísticos, he creado una técnica de autodefensa antidepresiva que ya hubiera querido para sí nuestro malogrado David Carradine: con las victorias (pocas), disfruto (mucho); con las derrotas (muchas), padezco (poco). Digamos que he aprendido a utilizar al Betis en mi propio beneficio o digamos también que quizá he conseguido dominar a la bestia que llevo en mí.
Y por todo esto, el domingo no estaba especialmente triste. No lo estaba hasta que, como digo, decidí irme del campo. Cuando entré en los vomitorios, aún casi vacíos, le vi y me quedé inmóvil mirándole. Un niño, un infante, lloraba y vomitaba al lado de las escaleras mientras su padre le sujetaba la frente y apartaba la bufanda para que no se manchara.
Como pude, salí del campo y empecé a correr hasta mi coche, no para poner la radio y escuchar los últimos minutos, sino para llegar pronto a casa. Sin verlo venir, la ansiedad me estaba venciendo por goleada.
Al llegar a casa, me senté en mi cama. Por los pitidos de los coches y los cohetes con olor a sevillimo, ya sabía que el Betis había descendido. Y sin embargo, no pensaba en eso, sólo en el chico vomitando.
Dos minutos después, estaba buscando en mi armario una de las camisetas del Betis que tengo. Cogí la más antigua y salí a la calle. Hice unos estiramientos mientras seguían sonando claxons y dolorosos petardos. Al poco, me puse a hacer footing.
Mientras corría, pasaba al lado de muchos béticos que volvían del campo. Palmadas de de complicidad en la espalda. "Ánimo que la temporada que viene subimos", le dije a uno que agarraba con fuerza su bufanda. "Vamos, coño, que el Betis somos nosotros", me respondió.
Hay que saber discernir entre los intereses de un grupo de profesionales y la propia felicidad.
ResponderEliminarIba a comentar que me encanta esta mezcla que estamos haciendo de "periodismo de análisis" con "autoreflexión / autoficción". Incluso iba a decir que en su día pedimos que no hubiera artículos partidistas y me alegro de que estemos siendo capaces de escribir de los equipos que nos hacen sufrir o disfrutar siendo críticos con esos sentimientos, desmenuzándolos y sobre todo, teniendo valor para exponer nuestras contradicciones al respecto.
ResponderEliminarY me topo con este comentario de "la aguja". "Aguja", ¿tú qué sabes qué clase de ritual familiar significa para la persona que escribe el hecho de ir todos los domingos a un campo de fútbol? ¿tú qué sabes acerca de los valores de grupo y comunidad que haya podido aprender a través del fútbol quién escribe? ¿tú qué sabes hasta qué punto un desahogo puntual merma la capacidad crítica de quién escribe? ¿tú qué sabes sobre el papel que en realidad ocupa el fútbol de masas de una persona cuyo contexto desconoces en absoluto? ¿tú qué sabes y más aún, quién te crees que eres para aseverar que "hay que saber discernir" a alguien que no conoces de nada?
En serio, ¿tú que sabes? Porque el verbo SABER es un verbo muy profundo como para utilizarlo de manera arbitraria y dar lecciones de "felicidad y representación".
Y cerrando Rafa (aka red miner), me alegro de que compartas este sentimiento. Sé perfectamente porqué y por quién lo has escrito. Y me alegro de conocer y ser amigo de alguien como tú, apasionado con el juego, crítico con la reflexión del mismo y sobre todo, nada fanático con respecto a tus intereses, gustos, etc.